Normalmente las formas de transmitir la revelación se hallan en la liturgia, la predicación y el dogma. Pero estos tres elementos no son los únicos medios por los que se actualiza y se vive la fe. También el arte cristiano contribuye, a su manera, a esa transmisión.
Michel Quenot afirma que “como representación de la realidad trascendente, el icono llena nuestra visión en un universo de belleza”.
Difícilmente podríamos encontrar una frase más acertada para expresar la belleza de la imagen como representación de lo inefable contemplado desde la fe en un mundo inundado por la belleza trascendente.
La palabra de Dios inspira e informa la creatividad de los artistas. Es un auténtico acto de fe en el que la gloria de Dios, acogida en su forma histórica, resplandece en la expresión de su forma artística, para testificar la voluntad decidida de Dios en favor de la salvación de los hombres. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, a veces se habla de Dios como pastor: “El Señor es mi pastor, nada me falta” (Sal 22, 1) El Mesías también será considerado como pastor: “Suscitaré para ellas un pastor único que las apacentará” (Ez 34, 23)
En el Nuevo Testamento, Jesús expondrá la parábola del Buen Pastor y, además le añadirá que el Buen Pastor es el que “da la vida por sus ovejas” (Jn 10, 14) Esta versión sacrifical de la imagen del Buen Pastor se interpreta como la actitud compasiva de Dios que se entrega para la salvación de los hombres.
Pues bien, esa forma de revelación redentora es una de las primeras imágenes visuales que se plasma en el arte paleocristiano.
Junto a la imagen del Buen Pastor y de las demás representaciones simbólicas de la historia de la salvación, como la de Jonás (Jon 1, 15 ss) o la del paso del Mar Rojo (Ex 14, 21,25), los cristianos sintieron la cercanía de la presencia salvadora de Dios ante el acoso de las persecuciones. En estas manifestaciones puede verse ya una reexposición en forma pictórica de la revelación de Dios orientada hacia la salvación en Cristo.
Cuando se hizo más intenso el énfasis de la fuerza de Dios simbolizada en las imágenes, se pasó a las representaciones más detalladas de la vida de Jesús, de su Santa Madre y la de los demás santos, dentro siempre del paradigma de la salvación.
Normalmente las formas de transmitir la revelación se hallan en la liturgia, la predicación y el dogma. Pero estos tres elementos no son los únicos medios por los que se actualiza y se vive la fe. También el arte cristiano contribuye, a su manera, a esa transmisión.
Von Balthasar nos muestra las conexiones, en su exacta dimensión, entre el arte y la transmisión de la revelación: su carácter histórico y figurativo, la inspiración de los artistas cristianos y la relación entre arte y predicación. En realidad el arte y la predicación no son dos vías que se excluyan. Ambas se pueden complementar, porque afectan a distintos sentidos por los que percibimos los testimonios de la revelación.
Los iconógrafos cristianos han buscado, elegido y formado imágenes para la predicación del acontecimiento salvador acomodadas a la comprensibilidad de los hombres. “Estas imágenes, por lo demás, tienen en sí mismas la evidencia de su autenticidad, como acontece en todo arte auténtico”. Por medio de las imágenes sensibles, los sentidos perciben lo no sensible y, desde el ámbito del espíritu, percibimos también que Dios es lo suprasensible, porque el aspecto subjetivo estará remitiendo siempre a la forma histórica de la revelación.
La eficiencia estética hará que el arte pueda ser expresión de esas creencias que llevamos dentro de nosotros. En todas las culturas, el arte transmite a los hombres la experiencia de la belleza divina:
“Lo bello y la Belleza no se han de separar” decía a este respecto el Pseudo/Dionisio (De divinis nominibus III, 7) entendiendo por lo bello la belleza de las cosas, y por Belleza “la Causa que abarca la totalidad en unidad” (Ibidem)
Las pinturas murales de la prehistoria son el testimonio más antiguo de la relación entre las creencias y su expresión plástica en formulaciones artísticas. En esta práctica continuarán el arte de la India, de Egipto, sumerio, acadio, griego y romano.
El arte y la religión no son sólo ámbitos particulares dentro de una cultura, sino también formas universales de expresar la vida y la fe religiosa en una época y en un lugar determinado. Esto tiene particular vigencia cuando el culto ocupa el centro, a partir del cual el espíritu debe impregnar toda la vida humana bajo la pauta de lo sagrado.
El arte de todos los tiempos surge como expresión de estos sentimientos que, una vez objetivados, son utilizados para hacer vivir y transmitir la fe del pueblo. También en el arte cristiano, la manifestación de la belleza está sujeta a las condiciones y modas intramundanas. Pero, en este caso, lo que el pintor o el escultor tratan de expresar no es la moda de una belleza pasajera, sino la fe de la comunidad con los medios expresivos de su entorno y de su época. Si partimos del supuesto de que el “sensus fidelium” es lugar teológico básico, la obra de arte, en cuanto que puede captar y testimoniar la fe de la comunidad, también tendría valor de lugar teológico.
Pero, al valorar el arte como lugar teológico nos implicamos en la necesidad de averiguar cómo la creatividad sirvió de mediación para expresar las creencias; y hasta qué punto es necesaria una mutua interrelación efectiva del teólogo y del artista.
Una lectura atenta de la normativa en materia de patrimonio histórico artístico y de las propuestas por la Comisión Episcopal de Patrimonio Cultural de la Conferencia Episcopal Española y más recientemente de la Pontificia Comisión para los bienes culturales de la Iglesia, recuerda la necesidad de que las imágenes y el resto del arte histórico religioso, mantengan un equilibrio y lenguaje apropiado, más si cabe en un lugar de oración y de culto.
La Iglesia es consciente que tiene en sus manos un legado sagrado, manifestación viva de la fe de sus antepasados, reconoce el valor y el interés cultural, acepta el nuevo concepto de bienes culturales y los pone al servicio sobre todo de la evangelización. Sin embargo, cultura y evangelización, arte y catequesis, patrimonio y culto son conceptos unidos en los que los primeros han estado al servicio de los segundos. Una obra en la Iglesia nunca deberá estar simplemente por ser arte.
La Parroquia San Juan Bautista de Chiva cuenta con un patrimonio histórico artístico de gran consideración. Las pinturas, facturadas en los tres soportes disponibles: fresco, lienzo y tabla.
El conjunto arquitectónico de su Iglesia y los numerosos ornamentos y vasos sagrados, son un instrumento valioso para la evangelización.